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La ecuación del Amor

caperucita“Hay que darle la vuelta al cuento
que no cesan de contar:
No son príncipes azules
los que nos pueden salvar,
sino el dragón de la cueva
que vive en cautividad”.



 

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La educación sentimental de lxs señoritxs, remitida a sus variantes más lúdicas y colorinches (esto es, la literatura infantil clásica), se aparece plagada de dictámenes morales y sentencias que configuran entendimientos amorosos y de mundo que en su mayoría perpetúan y reproducen el modelo de familia nuclear monógama y las relaciones de propiedad entre amantes. No sólo a Caperucita se le prohíbe conocer el bosque (donde merodea el Lobo Feroz, en lo oscurito) y se le traza un camino de virtud ineludible, sino que el apartarse de la “buena senda” representa, en este imaginario sentimental, el extravío en un sinnúmero de calamidades e infortunios que pudieran apartar a Caperucita de la que pareciera ser la meta de las chicas de cuentos: el contraer matrimonio con algún príncipe alucinado.

En la desaparecida cultura Selk’nam, en la Patagonia, el Patriarcado fue instaurado violenta y brutalmente (como de costumbre): los machos recién llegados al poder asesinaron a las mujeres promiscuas (es un decir para “libres”) y condenaron a las niñas a las labores domésticas y al servicio del hombre. Había llegado la Ley del Padre. A las niñas se les contó que en el bosque habitaban los Yosi, niños-bestias cubiertos completamente de pelo, armados de un enorme falo, que harían de ellas sus bajas delicias, y que se supone serían los hijos de las madres asesinadas que huyeron de la tragedia. Moraleja: no vayas al bosque. No vayas al bosque, que está el lobo, que está el Yosi, que porai anda el Trauco. Sigue leyendo